El día dedicado a Sant Jordi cerró su recorrido con la solemnidad que merece el patrón. La Procesión General ha vuelto a reunir a todo el mundo festero en un acto que es, por encima de todo, homenaje y gratitud.
Desde la iglesia de Santa Maria hasta el templo de Sant Jordi, la reliquia y la imagen ecuestre han recorrido las calles del Centro rodeadas de devoción. No es un desfile más: es el momento en que la Fiesta se detiene para mirar a su origen, para recordar por qué Alcoy vive con tanta intensidad estos días.
Cirios encendidos, música procesional y el sonido metálico de los trajes festeros han marcado el paso de una comitiva en la que han participado filaes, cargos y fieles. Una banda sonora única que sólo puede entenderse cuando la fe y la Fiesta caminan de la mano sin perder el compás.
En medio de todo, la mirada se ha dirigido de nuevo hacia el Sant Jordiet. Mateo Vilaplana ha vuelto a representar al patrón con la naturalidad y responsabilidad de un niño que, sin dejar de serlo, se convierte en símbolo de toda una ciudad. Cada paso suyo, cada gesto, ha sido seguido con respeto y emoción.
La Procesión General no es sólo el fin de los actos religiosos del día grande. Es también un punto de unión, un instante compartido en el que Alcoy se reconoce en su tradición más profunda. Cuando la reliquia regresa a casa, también lo hace el sentimiento de haber cumplido con el patrón.
Con los últimos compases apagándose y la cera consumiéndose lentamente, la ciudad se prepara ya para encarar el tramo final de la trilogía. Pero lo hace con la certeza de haber vivido, de nuevo, el corazón más solemne de su Fiesta. Y lo vemos en Pagina66.



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