
Un cambio de mirada
Después de años de síntesis y símbolo, el cartel de 1974, obra de Ramón Castañer Segura, rompe con todo lo anterior para poner el foco en lo más humano. Ya no existen esquemas geométricos ni juegos abstractos: hay un rostro. Y es suficiente.
El primer plano como protagonista
Todo el cartel está dominado por la figura de un hombre en primerísimo plano. Su rostro, trabajado con detalle y realismo, concentra toda la tensión de la composición: la mirada intensa, los ojos brillantes, los labios presionados, la frente arrugada. No es una figura cualquiera, es una actitud. Una forma de entender la Fiesta desde dentro.
Entre dos mundos
El hombre viste armadura cristiana, pero su casco incorpora también la media luna. Una dualidad sutil pero cargada de significado, que transforma al personaje en una síntesis viva de ambos bandos. No hay confrontación explícita: existe convivencia dentro de una misma imagen.
La fuerza del gesto
Las manos, en primer término, sujetan con fuerza la empuñadura de la espada. El gesto es contenido pero contundente, como si toda la energía del cartel se concentrara en ese punto. La pincelada, gruesa y expresiva, refuerza esa sensación de tensión y volumen.
Una paleta contenida
El color juega un papel clave en esta atmósfera. El gris domina la escena, creando una base sobria y equilibrada, mientras que el rojo aparece como contrapunto, aportando intensidad sin romper la armonía general. Todo parece reducido a lo esencial, como si nada sobrara.
Tipografía integrada
El texto, pintado a mano con una tipografía de palo seco pero irregular, se concentra en la parte inferior. Todo en rojo, con variaciones de tamaño que marcan la jerarquía: Alcoy en primer lugar, seguido de Moros y Cristianos y, finalmente, en San Jorge. La fecha, sin embargo, destaca con una presencia más contundente.
La pintura como lenguaje
Realizado en óleo sobre lienzo y reproducido en offset, el cartel respira un carácter pictórico evidente. No es sólo una imagen: es una escena capturada con materia, con textura, con gesto.
Cuando la Fiesta tiene rostro
El cartel de 1974 no necesita adornos ni símbolos dispersos. Con un solo personaje, construye un relato. Una Fiesta que, por un momento, deja de ser colectiva para mirar directamente a los ojos.
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