
Jugamos de nuevo a imaginar el pasado con ojos de hoy y, por qué no, con ayuda de la inteligencia artificial. Esto es justo lo que estamos haciendo estos días: preguntarle cómo vestirían, en el siglo XIII, las personas que hoy dan nombre a las filaes alcoyanas.
Sin querer hacer historia estricta ni cuestionar los trajes actuales, fruto de años y años de evolución. Sólo por adivinar, por curiosidad… y para pasarlo bien.
Y hoy nos encontramos con uno de los casos más especiales de todos: la filán Mozárabes.
Los mozárabes, un puente entre dos mundos
Los mozárabes no son fáciles de encasillar. Y esto es, precisamente, lo que les hace tan interesantes. En el siglo XIII eran cristianos, sí, pero cristianos que habían vivido durante siglos en territorio musulmán, en al-Ándalus. Esto significa que su forma de vivir —y también de vestir— estaba profundamente influida por el mundo islámico.
Por tanto, no eran como los cristianos del norte que llegaban con Jaime I. Pero tampoco eran musulmanes. Eran una mezcla. Un equilibrio. Un puente cultural. Y esto, en la ropa, se ve clarísimo.
¿Y cómo vestirían? Ellos
La base es una túnica larga, hasta media pierna o algo más. Ancha, cómoda, de lino o lana fina. Esta forma es claramente andalusí, pensada para el clima y para el movimiento. Pero los colores nos dan ya una pista: blancos rotos, beiges, ocres, grises claros. Nada de tonos intensos ni de refinamiento excesivo. Aquí entra la parte cristiana: más sobriedad, menos exhibición.
Encima, una sobre túnica o jubba. Corte musulmán, sí, pero más sencilla. Puede ir abierta o cerrada, con mangueras algo más anchas. Los colores siguen en la misma línea: marrones, verdes apagados, azules suaves. Esta pieza es clave porque simboliza perfectamente la mezcla: forma andalusí, pero con una voluntad de discreción propia de una comunidad que no era dominante.
El cinturón, de cuero simple, cumple una función práctica: ajustar la ropa y llevar una bolsa o un cuchillo. Nada decorativo. Vida cotidiana.
En la cabeza aparece otro elemento muy interesante. Podrían llevar un pañuelo enrollado —influencia directa de al-Ándalus—, pero también un gorro sencillo o una capucha más propia del mundo cristiano. No hay complejos turbantes. Esto marca el límite cultural: influencia, sí; identificación total, no.
La parte inferior también refuerza esta dualidad: pantalón amplio de estilo andalusí o bragas más europeas. Depende del contexto, del momento… o de la persona.
La capa, siempre presente, es sencilla. De lana, en colores oscuros. Protege del frío y completa una imagen sin lujo, muy funcional.
Y el detalle clave: un pequeño símbolo cristiano. Una cruz discreta, quizá colgando o bordada. No es alarde, es identidad. Es la forma de decir quién eres en un entorno donde esto importaba.
¿Y cómo vestirían? Ellas
En la mujer mozárabe, la mezcla cultural aún se percibe con mayor sutileza.
El traje es largo, hasta los pies, ancho y cómodo. De lino o lana. Colores naturales: blancos rotos, ocres, verdes suaves. Todo muy equilibrado.
Encima, una sobre túnica fluida, de inspiración andalusí. Más ligera, con movimiento. Pero, de nuevo, sin excesos.
La cabeza es fundamental: velo o pañuelo cubriendo el cabello. Es un elemento compartido con el mundo musulmán, pero en este caso más sobrio, mayor contenido. Sin lujo ni adornos.
La cintura se resuelve con una faja o cinturón de tela. Y el calzado, simple: zapatos de cuero.
En los adornos se ve claro el carácter mozárabe: muy pocos. Una pequeña cruz, algún pendiente sencillo. Nada más. Es una estética que huye del protagonismo.
Una identidad única
Si tuviéramos que definir visualmente a los mozárabes del siglo XIII, lo haríamos con una palabra: equilibrio. No son refinados nobles. Tampoco son agricultores puros. No son musulmanes, pero tampoco cristianos del norte. Son una sociedad intermedia, adaptada, que vive entre dos mundos. Y esto se traduce en una estética muy concreta: telas naturales, colores suaves, formas andalusíes y una clara voluntad de discreción.
Si la filá Mozárabes se ceñiera estrictamente a esta realidad histórica, sería probablemente una de las más sobrias de todas. Pero también una de las más interesantes.
UN JUEGO... MUY NUESTRO
Al final, todo esto no deja de ser un entretenimiento. Uno de esos juegos que sólo se entienden en clave festera alcoyana, cuando la historia, la imaginación y el sentimiento se mezclan sin necesidad de poner demasiados filtros.
Pero también tiene algo bonito. Porque, entre líneas, nos recuerda que detrás de cada filá hay un relato. Una historia que empezó hace siglos y que, año tras año, seguimos reinventando.
Y eso sí que no es un juego. Esto es Fiesta. Esté atentos, continuaremos jugando.


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